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La Revolución Mexicana es conocida como uno de los periodos negros en la historia económica de México. Hay quienes afirman que una etapa revolucionaria en sí implica un retroceso económico, mientras que otros no se atreven a opinar debido a la falta información estadística sobre esos años.

Sin embargo, hay quienes se atreven a buscar información para ofrecer respuestas sustentadas y que hacen sentido. Una de estas personas es el doctor en Historia Juan José Gracida Romo, profesor investigador del Centro INAH de Sonora.

Gracida divide el periodo revolucionario mexicano en tres etapas. La primera va de 1910 a 1913, en un conflicto meramente postelectoral; entre 1913 y 1916 se entra en una etapa violenta y de retroceso económico; mientras que, después de 1916, se entró en un periodo de recuperación.

Conflicto postelectoral

A partir de 1910 se empiezan  a sentir en la economía los efectos del cambio de sistema, aunque no podemos hablar de una crisis en la economía mexicana. Con la llegada de Francisco I. Madero a la presidencia no se observan mayores cambios en las políticas sociales y económicas, además de que las relaciones internacionales se mantuvieron sin grandes cambios.

Etapa violenta

Es hasta 1913, al iniciar la lucha armada entre carrancistas y villistas, que se empieza a ver una desarticulación del sistema económico estructurado durante el Porfiriato. Esto afectó a todas las ramas de la economia hasta cierto punto, con excepción de la industria petrolera.

El uso de las líneas ferrocarrileras para transporte de tropas y su consecuente destrucción fue la principal afectación para el sistema económico. Debido a esto, el traslado de las mercancías se volvió muy costoso, lo que generó hambrunas entre 1915 y 1916, y elevó la inflación por desabasto, y problemas en el sistema financiero y monetario.

Las monedas de oro y plata, así como los billetes de los bancos establecidos salieron de circulación, privilegiando la existencia de monedas respaldadas por cacicazgos revolucionarios; los llamados bilimbiques. Además, la zona norte del país que vio la mayor parte del conflicto armado tuvo una baja en las inversiones que recibía del extranjero, principalmente de Estados Unidos por su cercanía.

A esto hay que agregarle el abandono de haciendas y fábricas, las cuales vieron afectada su producción en cierta medida, gracias a que los revolucionarios continuaron con su uso para provecho personal.

Periodo de recuperación

Tras el término de la época armada y el inicio de una relativa estabilidad en 1916, que desembocó en la promulgación de la Constitución de 1917, el patrón oro regresó a ser usado y los ferrocarriles volvieron a ser usados para el transporte de mercancías. Además, la Primera Guerra Mundial ayudó a frenar la salida de capitales ante la incertidumbre global y, una vez estabilizadas las indutrias, la demanda por mercancías y materias primas a nivel global permitió que la economía se recuperara un poco.

 

En los 10 años que abarcó la Revolución Mexicana hay quienes estiman que el decrecimiento promedio anual de la producción fue de 0.3 por ciento.

En esta etapa de recuperación, que se extendió hasta 1926, la economía mexicana saneo algunos de los efectos del conflicto armado, aunque de manera accidentada, hasta que en 1927 se llegó a un estancamiento. Posteriormente, en 1929 la Gran Depresión afectó a la economía nacional, la cual se vio completamente recuperada hasta 1932.

Fuente: Dinero en Imagen

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